—Maldición.
Finalizado el quinto asalto, los contrincantes se separaron lo suficiente como para evaluar mentalmente los daños. Respiraban como si el oxígeno trajese consigo miles de finas agujas, clavándoseles por todo el cuerpo.
En la esquina derecha estaba Sacris con una no muy corta lista de lesiones. Se podía constatar un labio cortado, una mejilla lacerada, un ojo a medio hinchar, una muñeca rota y tal vez sucedía algo parecido con una de sus costillas.
Al otro lado del cuadrilátero imaginario, Liam no se presentaba mucho mejor que ella. Su hombro izquierdo sangraba profusamente por la pérdida del pellejo que ahora colgaba penosamente de la zona, junto a las telas raídas. Los afilados colmillos de Sacris habían hecho un magnífico trabajo de morder-desgarrar y la hembra aun podía saborear la sangre del macho en su paladar.
Al otro lado del cuadrilátero imaginario, Liam no se presentaba mucho mejor que ella. Su hombro izquierdo sangraba profusamente por la pérdida del pellejo que ahora colgaba penosamente de la zona, junto a las telas raídas. Los afilados colmillos de Sacris habían hecho un magnífico trabajo de morder-desgarrar y la hembra aun podía saborear la sangre del macho en su paladar.
—Me avergüenza el hecho de que aun no hayas podido ser capaz de acabar conmigo. No te entrené tantos años para ser una perdedora.— Masculló Liam mientras se tambaleaba trabajosamente sobre sus piernas, lo que significaba que al menos tenía una de ellas rota.
Sacris escupió rojo, sobre las hojas que presentaban aquel mismo color. Estaba harta de que Liam sólo le diese sermones mientras luchaban. La había llamado bastarda, perra maldita, hija del demonio, clon sin alma y ya ni recordaba cuantas cosas más de la misma índole.
—Oh, ya calla de una vez, Liam. Tómalo como una linda reunión familiar, no como una lección de historia. Yo me estoy divirtiendo ¿Tú no?